Cada Navidad llega un sms de moda: que si los pavos borrachos, las estrellitas, los burros del belén, meterse con el gobierno de turno... Este año el que más he recibido es el de todo y nada. Te deseo todo lo que te haga feliz y nada que te haga sufrir.
Y yo, este año, prefiero quedarme con todo. Con lo bueno y también con lo malo. Si no llueve, no puedo sentir las gotas resbalando por mi cara. Si no llueve, no puedo disfrutar de secarme al sol. Si no hace sol, no tendré fuerzas para cuando llegue el invierno y haga frío. Si no te echo de menos, si no te pierdo de vista, si no sales volando y no sé en qué árbol vas a cantar, no tiene gracia que vuelvas a posarte en mi hombro, cuando vaya silbando camino de casa.
Que no, no quiero lo que huele a artificial, repetido, admitido, cómodo y fácil. Quiero todo, lo bueno, lo que no lo es y lo que parece que es una cosa y luego es otra, porque así es la vida.
Y la vida, tal como es, ya me gusta.
Porque, al fin y al cabo, el 2010 no ha sido tan malo, ¿no?
2010
VERANOS PERDIDOS
Serían... no sé, entre mediados y finales de los años noventa. En aquella época todos los primos veraneábamos juntos y los inviernos eran una pesadilla eterna que aguantábamos consolándonos con que, al fin y al cabo, el siguiente verano no estaba tan lejos...
Y el verano siempre llegaba. Si había suerte y salía un buen verano, nos pasábamos el día en la playa, poco antes de subir a comer nos tomábamos unas rabas y subíamos a casa todos en procesión. Luego una siesta y más playa o una pachanguilla de baloncesto, una partida de tute.
Si se pasaba el verano lloviendo la cosa era más complicada. Entre nosotros siempre nos las arreglábamos para entretenernos, hacer ruido y pasárnoslo bien, aunque ahora, con el tiempo, creo que ni a mis padres ni a mis tíos, les debía parecer divertido aquella pandilla de veinteañeros llenos de energía dispuestos a dar guerra.
Pero si había algo bueno, eran las noches. Salir juntos todas las noches. Tomarnos nuestras copitas en la playa, llegar todos los días del mes de agosto a casa a las seis y media o las siete de la mañana y, muertos de hambre, atracar las sobras de la cena que había en la nevera.
Cuando vi este vídeo, me recordé a nosotros mismos hace diez años y las conversaciones sobre la jugada de la noche anterior... Creo que si hubiera tenido una cámara a mano, habría tenido unos cuantos vídeos muy parecidos a éste. ¿Vosotros no?
DE MEMORIA
Tengo un amigo que presume de carecer por completo de memoria y lo entiende como algo meritorio. Su teoría se basa en que es relativamente fácil recordar algo de lo que pretendes acordarte y prácticamente imposible obligar a tu memoria a olvidar. Esté de acuerdo o no, y a pesar de lo absurdo que pueda parecer, me parece un argumento irrebatible.
Yo estoy al otro extremo de su memoria. Me acuerdo de casi todo, quiera o no. Recuerdo conversaciones completas, con sus puntos y sus comas, incluyendo esas frases de las que posteriormente queremos desdecirnos y todas las promesas hechas que quedaron sin cumplir.
Mi memoria también acumula películas antiguas: mi hermano y yo haciendo un muñeco de nieve en la terraza unas Navidades de hace unos cuantos (cientos de) años en las que no paró de nevar, los veranos en el norte en los que llevar un bocadillo a la playa resultaba toda una aventura, o los recreos en el patio del colegio con galletas María.
A veces, acumula hasta sensaciones más difíciles de explicar, como el frío en las yemas de los dedos cuando me pongo nerviosa, la lluvia resbalando por la piel, el sonido de unos pasos que hacen que sepa quién es quien se acerca y convierta sus andares en inconfundibles, o el olor de un perfume determinado que siempre asocio con la misma persona y que aún hoy, años después, hace que se me ponga la piel de gallina.
Lamentablemente, mi memoria no sabe retener rostros. Puedo recordar partes sueltas: los ojos, la boca, la nariz, las cejas, las pestañas… pero si intento hacer un rostro con todo eso, soy incapaz, me basta coger una foto (de las de verdad, no de las de mi memoria), como demostración de que aproximadamente un cuarto de esa foto se corresponde con la imagen mental que me había hecho y que el resto de la imagen se debe única y exclusivamente a mi imaginación.
Quizás la imaginación sea prima hermana de la memoria. Pero si no imaginamos nuestros recuerdos, ¿es posible que el odio, el amor y el resto de sentimientos sean sólo una cuestión de discriminación de recuerdos?. Llegada a este punto, sólo me queda otra pregunta: ¿es acaso la felicidad la capacidad de olvidar a tiempo?
CUADERNO VERDE
Recuerdo a mi padre buscando la llave en un llavero repleto. Mi madre le decía que seguro que estaba en otro llavero y él decía que no, que estaba en ese llavero de toda la vida y que tarde o temprano acertaría con ella.
Así fue probando llave tras llave hasta que encontró la correcta y abrió la puerta. Lo primero que sentí fue un olor a cerrado mezcla de rancio y polvo. Serían las doce de la mañana y la luz entraba a raudales por las ventanas pese a que acumulaban unos siete años de sol, lluvia y viento.
En lo que había sido el salón, quedaban unos sillones rojos de eskai, una alfombra vieja y raída y una mesita pequeña. Fui explorando habitación por habitación, cuando tienes una edad en la que no te suelen dejar tocar nada, entrar en una casa en la que te puedes llenar de polvo, tocar y desordenar, es como una invitación al paraíso.
Sin embargo, lo que mejor recuerdo de aquel día es una habitación en concreto. No era ni muy grande, ni muy pequeña, y tenía los muebles de color azul, la cama, la mesa, la silla, una cómoda con tres o cuatro cajones, el armario…
Fue en un rincón del armario donde encontré un cuaderno pequeño, con las tapas verdes. Antes incluso de abrirlo sabía que era importante. Era un diario. Entonces me pregunté por qué alguien escribiría su vida cotidiana, sentimientos, penas y alegrías en un pequeño cuaderno susceptible de ser descubierto.
Hay quien escribe sus notas en un pequeño cuaderno de tapas verdes escondido al fondo de un armario, yo las escondo en un post. Tanto en un sitio como en otro, quien las encuentra no puede resistirse a leerlas.