Sacudo el agua con fuerza. Con tanta fuerza que a cada patada mis pies se rodean de pequeñas olas de espuma blanca. La impotencia y el mal día se han convertido en energía, que ahora mueve el mundo desde esta pequeña piscina.
Apoyo el cuello en el bordillo y me dejo mecer. Controlo los movimientos, para no dejarme caer en el agua, para no dejarme llevar. Sin esfuerzo, bajo el agua, dejarse mecer en el agua no cansa.
Y, como siempre, el agua se lleva hasta las cañerías más oscuras y profundas, donde nadie podrá encontrarlo jamás, todo lo que me ha cansado, me ha aburrido y ha conseguido sacarme de quicio.
Ahora, en la ducha, brillo. Brillo plateada y con escamas. Sacudo el agua del pelo y acaricio la cola de sirena. Recojo mis cosas y me voy dando saltitos... Al llegar a casa, las hojas de los árboles se dejaban caer contra el suelo de mi calle. Se nota que ya es la época. Se nota que han pasado la tarde viendo pasar a gente aburrida.
Por fin algo que tiene sentido.
COMO UNA SIRENA
EN EL QUICIO DE LA PUERTA
Apoyada en el quicio de la puerta veo caer la lluvia y dejo pasar las horas. Todos los sueños corren hacia delante y los recuerdos se giran hacia atrás, mostrando una vida que se ha tejido en multitud de caminos entrecruzados y algunos han llevado hasta éste que parece más sencillo de andar.
La nubes no dejan ver el cielo, pero imagino que por allá arriba desfilan las estrellas y la luna crece despacio.
Recuerdo el ayer. El aire tibio en mi cara, el regalo de tus besos. Y cae otra noche, sabiéndote lejos.
DEMASIADAS TECLAS
Demasiadas teclas tiene mi teclado y pocas ganas de contar. Sé que es muy fácil, sólo debo unir una letra tras otra hasta que la cosa comience a tener sentido. Pero hoy me es difícil unirlas y ellas se resisten en su obstinación a cobrar significado.
Y si sólo fueran las teclas de mi ordenador, me conformaría con el viejo boli y la libreta de toda la vida, pero todo a mi alrededor se ha vaciado de contenido. No hay sustancia ni sabor en mi entorno. Los días pasan porque aún no hemos encontrado la forma de hacerlos parar. Nos movemos por simple y pura inercia. Llegamos a la noche rendidos por otro día demoledor que hace mella en nuestro ser.
Uno letras y formo agrios lamentos. Uno los labios y sólo salen suspiros de desazón. Uno días y sólo tengo desesperanza. Uno los caminos y lo único que logro es perderme más aún.
Y sé que sólo son malos tiempos, y que nada es eterno y que los buenos tiempos volverán. Me lo repito, me lo repites, me lo repiten y a veces creo que acabaré creyéndomelo. Pero cuando abro los ojos y respiro el aire denso que me rodea sé que eso no apacigua mi malestar. No quiero palmaditas en la espalda, no quiero palabras de consuelo, no quiero tu hombro para llorar, sólo quiero recuperar la ilusión de vivir.
La ilusión de un nuevo día, la ilusión de haber estado allí, la ilusión de compartir, la ilusión de volverme a levantar tras haber vuelto a caer, la ilusión de existir y de que existes.
TRUCOS
No sé cuándo se madura. No sé cuáles son las claves para madurar, pero empiezo a imaginarlas. Es cuando uno tiene trucos lo suficientemente útiles para convertir lo que no es en algo que merece la pena. Hay trucos para ir a trabajar, y es no pensar. Hay trucos para enamorarse (otra vez y a pesar de) y es olvidar. Hay trucos para salir a la calle y otros para adelgazar.
Hay trucos para ver lo malo en los demás y otros para borrarlo como tippex. Hay otros que sirven para que no se te olviden las cosas (tatuados en el móvil, en un post-it o en la agenda). Hay trucos para parecer más alta, hay trucos para mentir y hasta para mentir y que parezca creíble.
Yo tengo trucos para poner azúcar lo que no tiene gracia, aunque a veces el truco es simplemente saborear lo que está amargo. Y me gusta. Tengo trucos para mirar charcos viendo océanos y sin haber leído poesía encontrársela a las nubes que llenan el centro o en el asfalto que llega a la puerta de mi casa. Y ya, me sale solo.
Tengo trucos que son sólo palabras. Y relucen y brillan. Hay trucos para seguir viviendo. Lo mejor es que a veces en que no necesitas los trucos: cierras los ojos, piensas que no es tan malo, los vuelves a abrir y sólo eso ya funciona. Lo mejor es que siempre hay tiempo para olvidar recordando lo que pasó.
Lo bueno sería encontrar un truco para perdonar. Para pensar en mañana y que todo fuera tan fácil como salir a la calle, dejarse mojar por la lluvia y creer que esto puede ser mejor.
RAYOS DE SOL
Ahora que se acerca el invierno y cada vez anochece más pronto, me gustaría poder embotellar un rayo de sol. Guardarlo para mí, para cuando las noches sean largas y frías. Un rayo de sol al que pueda recurrir cuando a mi alrededor sólo haya frío y oscuridad.
Basta que algo no pueda guardarse, para que una sienta ganas de retenerlo. Igual que no se sabe hasta cuándo te acompañará el eco de su voz, ni cuando se te vetará el murmullo de su risa, ni cuando apagará su brillo para ti.
Es como intentar cazar una estrella, sabes que no es posible, pero... ¿cómo resistirse a intentarlo?
¿BAILAS?
Hoy es un día perfecto para apagar el móvil, arrancar el cable del teléfono, desconectar el timbre de la puerta y encerrarse a bailar tango.
El tango es un compromiso sexual. Es la fusión de dos cuerpos. Es la confirmación de que quien manda es la mujer dejando que el hombre crea que es él quien domina y quedando los dos conformes.
Los que bailan tango están solos. El tiempo se detiene para ellos. El mundo se desdibuja. Juegan a desearse, a esperarse, a acariciarse, a tocarse, a desconfiar, a someterse, a escaparse, a rebelarse, a prometerse, a ilusionarse. Los cuerpos se pegan a la altura del pecho, acoplando los corazones y dejando el latir para las piernas.
Los bailarines de tango, mientras bailan, se aman y se odian. Se acechan. Sienten celos de la música que acaricia, seduce, envuelve y penetra en el cuerpo del otro.
El tango es una encerrona, una trampa sensual en la que ambos gozan y aprovechan. Tango es vida y muerte, es pasión, es melancolía, es erotismo...
¿Bailas conmigo?
DE TELÉFONOS MÓVILES Y SMS
El teléfono es un bien precioso para comunicarse con aquellos que están lejos. Y con lejos no me refiero a cientos de kilómetros, a veces basta con que están tres calles más allá de donde tú estás.
El teléfono móvil es ese artilugio que las madres dan a sus hijos cuando éstos se van de campamento para que llamen por si necesitan algo, para que los niños (y no tan niños) llamemos a nuestros padres para decirles que aunque el viaje ha sido muy largo y había muchísimo atasco, estamos en casa sanos y salvos, para llamar a la grúa cuando el coche nos traiciona y nos deja tirados en cualquier arcén de cualquier carretera.
Aparte de todo eso, para mí el teléfono es un instrumento de trabajo. Supongo que quien en su trabajo no esté continuamente atendiendo llamadas de clientes, no será capaz de entender que para mí, irme de vacaciones, a la playa, a la piscina, leer un libro apalancada en el sofá o sentarme en el césped a ver pasar el tiempo implica, necesariamente, olvidarme del teléfono móvil.
Pero, de vacaciones o no, aparcando el teléfono móvil en un rincón del bolso o pegado a ti en el bolsillo de los vaqueros, no hay nada mejor que una llamada a las doce de la noche sólo para decirte que les encanta que seas su amiga y que te quieren, o cuando al despertarte descubres que lo que te despertó a las tres de la mañana era el “bip” de un beso y un escueto “te echo de menos” en forma de SMS.
VERANOS PERDIDOS
Serían... no sé, entre mediados y finales de los años noventa. En aquella época todos los primos veraneábamos juntos y los inviernos eran una pesadilla eterna que aguantábamos consolándonos con que, al fin y al cabo, el siguiente verano no estaba tan lejos...
Y el verano siempre llegaba. Si había suerte y salía un buen verano, nos pasábamos el día en la playa, poco antes de subir a comer nos tomábamos unas rabas y subíamos a casa todos en procesión. Luego una siesta y más playa o una pachanguilla de baloncesto, una partida de tute.
Si se pasaba el verano lloviendo la cosa era más complicada. Entre nosotros siempre nos las arreglábamos para entretenernos, hacer ruido y pasárnoslo bien, aunque ahora, con el tiempo, creo que ni a mis padres ni a mis tíos, les debía parecer divertido aquella pandilla de veinteañeros llenos de energía dispuestos a dar guerra.
Pero si había algo bueno, eran las noches. Salir juntos todas las noches. Tomarnos nuestras copitas en la playa, llegar todos los días del mes de agosto a casa a las seis y media o las siete de la mañana y, muertos de hambre, atracar las sobras de la cena que había en la nevera.
Cuando vi este vídeo, me recordé a nosotros mismos hace diez años y las conversaciones sobre la jugada de la noche anterior... Creo que si hubiera tenido una cámara a mano, habría tenido unos cuantos vídeos muy parecidos a éste. ¿Vosotros no?
AVIONES DE PAPEL
Hoy no tenía ganas de hacer nada y me ha pasado toda la mañana mirando por la ventana. A mediodía hacía calor y, aprovechando los últimos rayos de sol del verano, he salido a la terraza a tomar una cocacola mientras repasaba todo un taco de papeles para los que nunca encontraba tiempo.
En eso estaba cuando se han colado en mi mente un montón de recuerdos. Ha sido un instante, sólo un momento en el que mi mente se ha llenado de ti: de tus palabras, tus gestos, tu olor, tus manías, tu risa... y dolía. ¡Dios, cómo dolía! Dolía tanto que las lágrimas se me han escapado a borbotones sin pedir permiso.
Cuando ya no me quedaban más lágrimas, he ido al baño, me he lavado y la cara y he vuelto a la terraza. El primer papel estaba empapado y he hecho lo único que podía hacer con él: un avión. Un avión de papel en el que he cargado todas las palabras que hemos cruzado, todas las que se dijeron y las que ni siquiera salieron de mi boca.
Me he asomado a la barandilla, las he lanzado y las he dejado volar. Las he mirado elevarse y planear, jugar con el viento, dejarse acunar por el aire, zigzaguear al compás de la brisa, esquivando tejados, antenas y chimeneas, haciéndome sonreír con sus quiebros y piruetas.
He visto cómo se alejaba ese avión y le he visto emprender el descenso para terminar cayendo en una acera y quedarse ahí. No he podido evitar sonreír al pensar cómo llegaron a mí tus palabras y en la corriente que las ha hecho volar en el avión de papel.
DOMINÓ
A veces la vida es como un dominó: una ficha empuja a la siguiente y así hasta que solamente quedan unas en pie a las que intentas aferrarte convirtiéndolas en pequeños pilares que sostienen nuestra felicidad.
Los problemas de encontrarse en esta situación son varios: primero, que uno quiere sostenerlo todo con esos pilares y los sobrecarga, poniendo cosas encima que no deberían estar ahí; segundo, en caso de aparecer un nuevo pilar, es complicado medir bien qué poner sobre él, y puedes terminar aplastándolo incluso antes de que logre ponerse en pie del todo; y tercero, al ser pocos y estar sobrecargados, cada ficha de dominó que cae hace un gran estruendo, mucho mayor del que normalmente haría.
Podría seguir enumerando contras y consecuencias, pero estas tres son ya bastante ilustrativas y... las que me han pasado más recientemente. He sobrecargado fichas que estaban en pie desde hace mucho tiempo. Algunas no resistieron y terminaron por caer -y seguramente me costará mucho volver a levantar-; he encontrado nuevas fichas y sobre una de ellas he puesto cosas que no correspondían, haciendo que cayese cuando no debería haber caído, y sintiendo un auténtico estremecimiento bajo mis pies por su caída, cuando no debería haber pasado de un pequeño ruido.
Éste es uno de los lugares en donde busco refugio cuando estoy así, con pocas fichas del dominó de pie y viendo cómo otras se van desplomando. Es un pequeño claro en la tempestad que me trae tranquilidad, me desconecta y me aleja de todo esto, un pequeño rincón en el que pensar no duele.