PEQUEÑAS COSAS

Ya ha llegado la Navidad, por lo menos, ya han encendido las poquitas luces que ponen en las calles de cerca de mi casa.

La Navidad viene acompañada inevitablemente de un puñado de tópicos, que siempre son los mismos: la calle se llena de pastores, ovejas y ángeles con alas de algodón a la salida del colegio. Oyes villancicos hasta en los sitios más insospechados, las tiendas tienen más ruido y las bolsas suenan a papel de celofán.

Recibes cartas, postales lejanas llenas de una nieve y unos árboles que no conoces y medios de transporte guiados por animales de cuatro patas y que vuelan. Huele a pasteles y dulces, los que hacen eses no se limitan a los fines de semana y los árboles y ventanas se atestan de luces intermitentes.

De todo esto, me quedo con las luces. Siempre me pregunto por qué no se utilizan todo el año...

Me encantan las luces brillantes que ponen mis vecinos de enfrente. Llenan un árbol puntiagudo de diminutas luces y una cascada intermitente de colores se deja caer por el balcón. Ellos, eso sí, siguen con su casa apagada y triste y, desde luego, no creo que puedan ver el espectáculo de la ventana, porque siguen con la persiana cerrada, así que no me queda otra que pensar que para quien ponen las luces es para mí: tintineantes y revoltosas.

Yo con eso me conformo. Con ver desde la ventana el árbol de los vecinos de enfrente, porque a veces las pequeñas cosas pueden arrancarnos una sonrisa.

¿Qué te ha arrancado a ti una sonrisa últimamente?

MANOS

Esta tarde me he descubierto mirándome las manos y he descubierto la cantidad de recuerdos que tengo asociados a mis manos.

Recuerdo un día peinando a la hija de un amigo, pasándole el cepillo y colocándole las coletas de tal forma que al terminar, se miró en el espejo y dándose la vuelta me abrazó y me dijo: "Eres la mejor"

También recuerdo ese día en el que unas palabras a través de un ordenador me inspiraron tal ternura que no pude evitar acariciar las teclas con los dedos como si de tu propia piel se tratase.

Mis manos haciéndote cosquillas, intentando que abrieras los ojos. Mi mano en tu mejilla cuando nuestros labios se rozaron. Y tu mano reposando en mi cintura.

Recuerdo, por ejemplo, aquella vez en la que tu mano derecha desató la lazada de mi blusa y me guió hacia lo desconocido que, minutos más tarde podría haber pensado que era el mejor momento y lugar de mi vida. El tic tac de tu mano en mi espalda y después en mi cintura cuando deseé que aquel momento no terminara nunca.

Mis manos diciéndote adiós y retorciéndose nerviosas mientras esperaban a que te dieras la vuelta para sacar el pañuelo y empezar a secarme las lágrimas.

ATURDIDA

Estoy intentando ordenar mis sentimientos. Los tengo todos aquí, encima de la mesa. Los etiqueto con cuidado. Sí, este tan feo se llama rencor. Lo rotulo con las letras bien grandes, así la próxima vez lo veré venir desde lejos. A éste otro le voy a quitar el polvo. Pobre, casi no me acordaba de él.

Los ordeno por tamaños y colores. Qué bien, cuánto rojo y qué poco negro. El toque justo de verde, para que luego digan que no soy optimista. Me alegra comprobar que desde la última vez el gris se ha desteñido un poco. Vamos bien, me digo entonces.

Abro mi corazón y uno a uno los vuelvo a meter dentro. Ya casi estoy. ¿Sabes qué? A ti ya no te quiero, ahí te quedas. Cierro con llave, pulso on y el músculo vuelve a latir.

Respiro hondo y me siento bien, aunque sé que esta sensación no durará mucho, cuando te vuelva a ver mi corazón pegará un brinco y mis sentimientos se mezclarán de nuevo entre ellos, dejándome como al principio: aturdida.

COMO UNA SIRENA

Sacudo el agua con fuerza. Con tanta fuerza que a cada patada mis pies se rodean de pequeñas olas de espuma blanca. La impotencia y el mal día se han convertido en energía, que ahora mueve el mundo desde esta pequeña piscina.

Apoyo el cuello en el bordillo y me dejo mecer. Controlo los movimientos, para no dejarme caer en el agua, para no dejarme llevar. Sin esfuerzo, bajo el agua, dejarse mecer en el agua no cansa.

Y, como siempre, el agua se lleva hasta las cañerías más oscuras y profundas, donde nadie podrá encontrarlo jamás, todo lo que me ha cansado, me ha aburrido y ha conseguido sacarme de quicio.

Ahora, en la ducha, brillo. Brillo plateada y con escamas. Sacudo el agua del pelo y acaricio la cola de sirena. Recojo mis cosas y me voy dando saltitos... Al llegar a casa, las hojas de los árboles se dejaban caer contra el suelo de mi calle. Se nota que ya es la época. Se nota que han pasado la tarde viendo pasar a gente aburrida.

Por fin algo que tiene sentido.

EN EL QUICIO DE LA PUERTA

Apoyada en el quicio de la puerta veo caer la lluvia y dejo pasar las horas. Todos los sueños corren hacia delante y los recuerdos se giran hacia atrás, mostrando una vida que se ha tejido en multitud de caminos entrecruzados y algunos han llevado hasta éste que parece más sencillo de andar.

La nubes no dejan ver el cielo, pero imagino que por allá arriba desfilan las estrellas y la luna crece despacio.

Recuerdo el ayer. El aire tibio en mi cara, el regalo de tus besos. Y cae otra noche, sabiéndote lejos.



DEMASIADAS TECLAS

Demasiadas teclas tiene mi teclado y pocas ganas de contar. Sé que es muy fácil, sólo debo unir una letra tras otra hasta que la cosa comience a tener sentido. Pero hoy me es difícil unirlas y ellas se resisten en su obstinación a cobrar significado.

Y si sólo fueran las teclas de mi ordenador, me conformaría con el viejo boli y la libreta de toda la vida, pero todo a mi alrededor se ha vaciado de contenido. No hay sustancia ni sabor en mi entorno. Los días pasan porque aún no hemos encontrado la forma de hacerlos parar. Nos movemos por simple y pura inercia. Llegamos a la noche rendidos por otro día demoledor que hace mella en nuestro ser.

Uno letras y formo agrios lamentos. Uno los labios y sólo salen suspiros de desazón. Uno días y sólo tengo desesperanza. Uno los caminos y lo único que logro es perderme más aún.

Y sé que sólo son malos tiempos, y que nada es eterno y que los buenos tiempos volverán. Me lo repito, me lo repites, me lo repiten y a veces creo que acabaré creyéndomelo. Pero cuando abro los ojos y respiro el aire denso que me rodea sé que eso no apacigua mi malestar. No quiero palmaditas en la espalda, no quiero palabras de consuelo, no quiero tu hombro para llorar, sólo quiero recuperar la ilusión de vivir.

La ilusión de un nuevo día, la ilusión de haber estado allí, la ilusión de compartir, la ilusión de volverme a levantar tras haber vuelto a caer, la ilusión de existir y de que existes.

TRUCOS

No sé cuándo se madura. No sé cuáles son las claves para madurar, pero empiezo a imaginarlas. Es cuando uno tiene trucos lo suficientemente útiles para convertir lo que no es en algo que merece la pena. Hay trucos para ir a trabajar, y es no pensar. Hay trucos para enamorarse (otra vez y a pesar de) y es olvidar. Hay trucos para salir a la calle y otros para adelgazar.

Hay trucos para ver lo malo en los demás y otros para borrarlo como tippex. Hay otros que sirven para que no se te olviden las cosas (tatuados en el móvil, en un post-it o en la agenda). Hay trucos para parecer más alta, hay trucos para mentir y hasta para mentir y que parezca creíble.

Yo tengo trucos para poner azúcar lo que no tiene gracia, aunque a veces el truco es simplemente saborear lo que está amargo. Y me gusta. Tengo trucos para mirar charcos viendo océanos y sin haber leído poesía encontrársela a las nubes que llenan el centro o en el asfalto que llega a la puerta de mi casa. Y ya, me sale solo.

Tengo trucos que son sólo palabras. Y relucen y brillan. Hay trucos para seguir viviendo. Lo mejor es que a veces en que no necesitas los trucos: cierras los ojos, piensas que no es tan malo, los vuelves a abrir y sólo eso ya funciona. Lo mejor es que siempre hay tiempo para olvidar recordando lo que pasó.

Lo bueno sería encontrar un truco para perdonar. Para pensar en mañana y que todo fuera tan fácil como salir a la calle, dejarse mojar por la lluvia y creer que esto puede ser mejor.

RAYOS DE SOL

Ahora que se acerca el invierno y cada vez anochece más pronto, me gustaría poder embotellar un rayo de sol. Guardarlo para mí, para cuando las noches sean largas y frías. Un rayo de sol al que pueda recurrir cuando a mi alrededor sólo haya frío y oscuridad.

Basta que algo no pueda guardarse, para que una sienta ganas de retenerlo. Igual que no se sabe hasta cuándo te acompañará el eco de su voz, ni cuando se te vetará el murmullo de su risa, ni cuando apagará su brillo para ti.

Es como intentar cazar una estrella, sabes que no es posible, pero... ¿cómo resistirse a intentarlo?

¿BAILAS?

Hoy es un día perfecto para apagar el móvil, arrancar el cable del teléfono, desconectar el timbre de la puerta y encerrarse a bailar tango.

El tango es un compromiso sexual. Es la fusión de dos cuerpos. Es la confirmación de que quien manda es la mujer dejando que el hombre crea que es él quien domina y quedando los dos conformes.

Los que bailan tango están solos. El tiempo se detiene para ellos. El mundo se desdibuja. Juegan a desearse, a esperarse, a acariciarse, a tocarse, a desconfiar, a someterse, a escaparse, a rebelarse, a prometerse, a ilusionarse. Los cuerpos se pegan a la altura del pecho, acoplando los corazones y dejando el latir para las piernas.

Los bailarines de tango, mientras bailan, se aman y se odian. Se acechan. Sienten celos de la música que acaricia, seduce, envuelve y penetra en el cuerpo del otro.

El tango es una encerrona, una trampa sensual en la que ambos gozan y aprovechan. Tango es vida y muerte, es pasión, es melancolía, es erotismo...

¿Bailas conmigo?



DE TELÉFONOS MÓVILES Y SMS

El teléfono es un bien precioso para comunicarse con aquellos que están lejos. Y con lejos no me refiero a cientos de kilómetros, a veces basta con que están tres calles más allá de donde tú estás.

El teléfono móvil es ese artilugio que las madres dan a sus hijos cuando éstos se van de campamento para que llamen por si necesitan algo, para que los niños (y no tan niños) llamemos a nuestros padres para decirles que aunque el viaje ha sido muy largo y había muchísimo atasco, estamos en casa sanos y salvos, para llamar a la grúa cuando el coche nos traiciona y nos deja tirados en cualquier arcén de cualquier carretera.

Aparte de todo eso, para mí el teléfono es un instrumento de trabajo. Supongo que quien en su trabajo no esté continuamente atendiendo llamadas de clientes, no será capaz de entender que para mí, irme de vacaciones, a la playa, a la piscina, leer un libro apalancada en el sofá o sentarme en el césped a ver pasar el tiempo implica, necesariamente, olvidarme del teléfono móvil.

Pero, de vacaciones o no, aparcando el teléfono móvil en un rincón del bolso o pegado a ti en el bolsillo de los vaqueros, no hay nada mejor que una llamada a las doce de la noche sólo para decirte que les encanta que seas su amiga y que te quieren, o cuando al despertarte descubres que lo que te despertó a las tres de la mañana era el “bip” de un beso y un escueto “te echo de menos” en forma de SMS.