Eran poco más de las doce de la mañana. Envuelta en mis pensamientos no me di cuenta de la hora y de que habíamos dicho que a eso de las once haríamos un descanso. Te vi pasar por la ventana, miraste por ella buscándome y cuando me viste me guiñaste un ojo.
Recogí todos los papeles que tenía desparramados encima de la mesa y salí a toda prisa a encontrarme contigo. Al mirarme me sonreíste. Al volverte a ver, sonreí yo.
Fuimos juntos hasta el ascensor y nos metimos en el primer bar que encontramos. Una cocacola rápida, lo justo para despejarnos un poco, pero no tanto como para perder la concentración. En ese cuarto de hora, hablamos de todo y de nada, de mi vida en Madrid, de tu trabajo, del tiempo, de tu perro...
De vuelta al trabajo no volvimos a hablar hasta que llegamos al ascensor. Entonces me miraste y me dijiste que el único color capaz de definirme sería el violeta. Me lo decías mirándome a los ojos y mientras lo hacías, mi corazón se aceleraba.
No pudimos hablar el resto del día. Nos cruzamos de nuevo al salir por la tarde, de nuevo en el ascensor y al llegar abajo, nos pusimos a andar sin rumbo. Paseamos y hablamos de mil cosas. Estuvimos uno al lado del otro, nos miramos, nos reímos... y allí, sentados en aquel banco me miraste y me besaste.
El mundo se detuvo. En ese instante éramos sólo tú y yo. Ahí empezó todo...
Y tú, ¿te acuerdas de cómo fue tu primer beso?
AHÍ EMPEZÓ TODO
EL DIA DE LOS REGALOS
Ahora que sólo pensamos en qué nos traerán los Reyes y qué les llevaremos a los que nos han escrito cartas, empiezo a pensar en los regalos que me dejó el 2008. Los que vinieron en abril, cuando hacía tan buen tiempo y me regalaron aquella tarde de sol anaranjado acariciando el césped en el Jardín Botánico.
Hubo regalos que costaron más dinero: invitaciones a cenas con cubertería de plata, lámparas de cristal de Bohemia y anillos de brillantes una noche de estrellas quietas.
Regalos especiales, un libro cuando estaba mala, un libro para que no se me hiciera tan larga la convalecencia.
Los mejores: los paseos por una playa de arena blanca y agua azul turquesa, una canción por email, las sonrisas y los besos, la casa rural de Sos del Rey Católico. Los amigos nuevos que vinieron entre risas y sudor de gimnasio, la vista de Roma desde el Coliseo.
Una playa desde la ventana de casa de mis padres. Un bolso de marca. Un servilletero con cascabeles. Una libreta y un boli para escribir mis ideas cuando empecé a escribir un libro. El blog y los comentarios. El último: unas zapatillas para ser la más rápida y llegar hasta lo más alto.
A mi también me gustó hacer regalos: unos cómics cuando estabas malo, unas entradas para el cine con palomitas, muffins de chocolate para Claudio, un mapa para Jay, una mochila para Pedro, un bizcocho para Belén, un cuadro para Javi, una bola 8 para Eva, una camisa para Carmen, un llavero para Sharon, un imán para Wen, unas clases de buceo para David, unos billetes para Alberto, una serie para Edu, una comida para Ara, una chaqueta para mi hermano…
Y sí, se me olvidan, de los que yo he hecho y de los que he recibido, pero no porque no me gustaran, sino porque han sido tantos regalos y, porque aunque me hicieron mucha ilusión, lo realmente importante es que sigáis a mi lado.
Gracias a todos por estar ahí un año más.
UN AÑO, UN POST
Un ataque de risa en el momento más inoportuno, ayudarte a preparar la comida de tu cumpleaños, conocer a alguien y sentir que me he enamorado, recordar aquellos momentos y que se me dibuje una sonrisa en la cara o se me caiga una lágrima, soñar, acurrucarme en la cama, rugir por las mañanas cuando intentas despertarme.
Sentir tus labios rozando los míos, salir bien en una foto, disfrutar de un fin de semana en una casa rural, enamorarme sabiendo que no me corresponderás nunca, ir a una fiesta de disfraces, pasar calor en noviembre, cambiar de móvil, pasear por Barcelona, improvisar cenas con mis amigos.
Mirar mil veces el reloj para ver cuántas horas faltan, columpiarme hasta sentir que puedo tocar las nubes, sentirme protegida, una buena ducha con agua calentita, notar el frío en la cara, volver a casa de mis padres en Navidad, dejar que la mirada se me pierda en el Mediterráneo.
Emocionarme cuando una persona me dice que ha abierto el regalo que le envié y que le gusta, valorar a las personas que están a nuestro alrededor en los buenos y en los malos momentos, ver cómo ganamos la Eurocopa rodeada de amigos, tirarnos bolas de nieve en la estación.
Ver el cielo desde la terraza del despacho, bailar como una loca aunque me duelan los pies de los tacones, ver un bonito atardecer, perderme y no tener ni idea de cómo volver, intercambiarnos los disfraces, estar celosa porque no soy ella.
Pasear por Córdoba, escribir el primer capítulo de un libro, ver fotos de la gente que me rodea, tumbarme a contemplar las estrellas, inventarme formas con las nubes, volver a sentir mariposas en el estómago, ir a la presentación de un par de libros precedida de una comida con dos bloggers.
Hacerme la remolona en la cama, pedirte que te quedes conmigo el resto del día… y que te quedes. Dejar que me salga el lado diablejo, querer parar el tiempo, luchar por lo que creo que merece la pena aunque haya quien no me apoye o me diga que no siga, que confíen en mí y me lo demuestren, que me digan que me quieren, sentir que estoy viva, que quiero que me abraces, ver el mar y quedarme horas contemplándolo, bailar bajo la lluvia…
Y, aunque todavía estamos a día 30, sé que mañana, como todos los años, me atragantaré con las uvas....
Éstas son algunas de las cosas que me trajo el 2008. No sé qué me puede estar esperando en el 2009, pero saberlo es sólo cuestión de tiempo: Bienvenido.
Feliz año nuevo.
LOTERÍA
Hoy es el día de la lotería, pero yo no llevo ni un décimo, ni siquiera una participación. No tengo lotería porque la lotería me toca todo el año, y no sólo en Navidad, así que no necesito la de los niños de San Ildefonso.
Me tocó esta mañana cuando, en la esquina, a eso de las nueve, bailaban las hojas de los árboles de puro frío, pero iban tan al compás, que parecía que habían estado ensayando toda la noche y bailaban para mí.
Me tocó el otro día por la tarde, cuando estuve trabajando en vez de tomando copas... y encima, estaba disfrutando. Porque me gusta mi trabajo y me parece un sueño contarlo.
Me tocó cuando recibí un mail donde decían que me echaban de menos, sólo eso, también me tocó la lotería. Me tocó el viernes, cuando mientras comíamos y nos contábamos secretos... y la vi quieta por primera vez desde que entró remolineando en el restaurante.
Y aquella tarde, cuando me escapé para acompañarte al aeropuerto. Y mañana, porque mañana me volveré a levantar con la misma ilusión que hoy y con la esperanza de seguir ganando, aunque sea la pedrea.
Mañana no cantarán para mí los niños de San Ildefonso, pero... ¿qué más da habiendo bares con amigos, estando tú, los emails, los besos y teniendo soles de invierno para iluminar el día a día?
TRADICIONES NAVIDEÑAS
Ya huele a Navidad: hace frío, en todas partes han montado el Belén (a alguno le tenido que poner un niño nuevo, porque el anterior terminó en mi casa después de una juerga histórica) y en algunas tiendas suenan villancicos.
Mi casa es enana y me he dado cuenta de que no puedo montar arbolito, que no puedo poner belén ni nada de eso y que mi Navidad es muy diferente y así como hicieron los católicos con las tradiciones celtas (que les dieron la vuelta y las domesticaron) voy a dar una vuelta de tuerca más y llenar de contenido estas fiestas que para mí, últimamente están fuera de lugar, y a las que veo con distancia y como si fuera de otra galaxia.
Se me ha ocurrido crear una nueva tradición: el desayuno navideño. Consiste en hacer un desayuno especial. En esos desayunos estará invitado, como estrella que brilla de un modo especial, una persona que en el año que está a punto de terminar, me haya dejado alguna huella.
También he decidido instaurar otra nueva tradición personal: me encanta cocinar, lo que sea, paté de quesos, bizcocho de calabacín, gominolas, muffins de manzana, piruletas de chocolate… Este año he decidido que para terminar el año no hay nada como tener unos dulces hechos por alguien que te quiere y te aprecia, así que haré cajas llenas de dulces para aquellos que en el año que termina han sido especiales y han endulzado el mío.
Quizás no esté todo perdido y tenga su punto esto de las tradiciones de Navidad.
PODRÍA
O bien, podría contar cómo la misma mujer pensó que parecía una golfa de esquina y acabó vistiendo la misma ropa pero añadió un echarpe que poco faltaba para taparle la conciencia.
Podría relatar una bonita historia sobre una mujer que tuvo en sus manos el poder de atraer a unos cuantos seres del sexo opuesto con sólo una mirada, intercambiar teléfonos y reír durante horas con desconocidos, esperando no volver a encontrarlos.
O bien, podría contar cómo la misma mujer se sintió invadida por los otros que la observaban, se tomó otra copa, observó el canibalismo por un par de horas y acabó tentada de practicar ese mismo canibalismo pero le puso freno antes de caer en la tentación.
Podría relatar una bonita historia sobre una mujer que recibió una caricia amable, una hermosa sonrisa, unos comentarios divertidos y se sintió deseada por unas horas.
O bien podría contar cómo la misma mujer escuchó unas palabras desagradables e hirientes que nada tenían que ver con la realidad y, cansada de ser sólo necesaria por horas, rechazó todas aquellas palabras y, después de negadas, regresó a casa sin pedir asilo en un corazón ajeno.
Porque la moneda tiene dos caras
y yo me cansé de ser el Sol.
PEQUEÑAS COSAS
Ya ha llegado la Navidad, por lo menos, ya han encendido las poquitas luces que ponen en las calles de cerca de mi casa.
La Navidad viene acompañada inevitablemente de un puñado de tópicos, que siempre son los mismos: la calle se llena de pastores, ovejas y ángeles con alas de algodón a la salida del colegio. Oyes villancicos hasta en los sitios más insospechados, las tiendas tienen más ruido y las bolsas suenan a papel de celofán.
Recibes cartas, postales lejanas llenas de una nieve y unos árboles que no conoces y medios de transporte guiados por animales de cuatro patas y que vuelan. Huele a pasteles y dulces, los que hacen eses no se limitan a los fines de semana y los árboles y ventanas se atestan de luces intermitentes.
De todo esto, me quedo con las luces. Siempre me pregunto por qué no se utilizan todo el año...
Me encantan las luces brillantes que ponen mis vecinos de enfrente. Llenan un árbol puntiagudo de diminutas luces y una cascada intermitente de colores se deja caer por el balcón. Ellos, eso sí, siguen con su casa apagada y triste y, desde luego, no creo que puedan ver el espectáculo de la ventana, porque siguen con la persiana cerrada, así que no me queda otra que pensar que para quien ponen las luces es para mí: tintineantes y revoltosas.
Yo con eso me conformo. Con ver desde la ventana el árbol de los vecinos de enfrente, porque a veces las pequeñas cosas pueden arrancarnos una sonrisa.
¿Qué te ha arrancado a ti una sonrisa últimamente?
MANOS
Esta tarde me he descubierto mirándome las manos y he descubierto la cantidad de recuerdos que tengo asociados a mis manos.
Recuerdo un día peinando a la hija de un amigo, pasándole el cepillo y colocándole las coletas de tal forma que al terminar, se miró en el espejo y dándose la vuelta me abrazó y me dijo: "Eres la mejor"
También recuerdo ese día en el que unas palabras a través de un ordenador me inspiraron tal ternura que no pude evitar acariciar las teclas con los dedos como si de tu propia piel se tratase.
Mis manos haciéndote cosquillas, intentando que abrieras los ojos. Mi mano en tu mejilla cuando nuestros labios se rozaron. Y tu mano reposando en mi cintura.
Recuerdo, por ejemplo, aquella vez en la que tu mano derecha desató la lazada de mi blusa y me guió hacia lo desconocido que, minutos más tarde podría haber pensado que era el mejor momento y lugar de mi vida. El tic tac de tu mano en mi espalda y después en mi cintura cuando deseé que aquel momento no terminara nunca.
Mis manos diciéndote adiós y retorciéndose nerviosas mientras esperaban a que te dieras la vuelta para sacar el pañuelo y empezar a secarme las lágrimas.
ATURDIDA
Estoy intentando ordenar mis sentimientos. Los tengo todos aquí, encima de la mesa. Los etiqueto con cuidado. Sí, este tan feo se llama rencor. Lo rotulo con las letras bien grandes, así la próxima vez lo veré venir desde lejos. A éste otro le voy a quitar el polvo. Pobre, casi no me acordaba de él.
Los ordeno por tamaños y colores. Qué bien, cuánto rojo y qué poco negro. El toque justo de verde, para que luego digan que no soy optimista. Me alegra comprobar que desde la última vez el gris se ha desteñido un poco. Vamos bien, me digo entonces.
Abro mi corazón y uno a uno los vuelvo a meter dentro. Ya casi estoy. ¿Sabes qué? A ti ya no te quiero, ahí te quedas. Cierro con llave, pulso on y el músculo vuelve a latir.
Respiro hondo y me siento bien, aunque sé que esta sensación no durará mucho, cuando te vuelva a ver mi corazón pegará un brinco y mis sentimientos se mezclarán de nuevo entre ellos, dejándome como al principio: aturdida.
COMO UNA SIRENA
Sacudo el agua con fuerza. Con tanta fuerza que a cada patada mis pies se rodean de pequeñas olas de espuma blanca. La impotencia y el mal día se han convertido en energía, que ahora mueve el mundo desde esta pequeña piscina.
Apoyo el cuello en el bordillo y me dejo mecer. Controlo los movimientos, para no dejarme caer en el agua, para no dejarme llevar. Sin esfuerzo, bajo el agua, dejarse mecer en el agua no cansa.
Y, como siempre, el agua se lleva hasta las cañerías más oscuras y profundas, donde nadie podrá encontrarlo jamás, todo lo que me ha cansado, me ha aburrido y ha conseguido sacarme de quicio.
Ahora, en la ducha, brillo. Brillo plateada y con escamas. Sacudo el agua del pelo y acaricio la cola de sirena. Recojo mis cosas y me voy dando saltitos... Al llegar a casa, las hojas de los árboles se dejaban caer contra el suelo de mi calle. Se nota que ya es la época. Se nota que han pasado la tarde viendo pasar a gente aburrida.
Por fin algo que tiene sentido.